RECIENTE

Documentos Históricos de la Iglesia

Definición de la Unión de las Naturalezas Divina y Humana en la Persona de Cristo

Concilio de Calcedonia, 451 A .D., Acta V

Por tanto, siguiendo a los santos padres, todos nosotros, de común acuerdo, enseñamos a los hombres que confiesen al mismo y único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, a la vez perfecto en Divinidad y perfecto en humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre,consistente también de alma racional y cuerpo, de la misma substancia (homoousios) con el Padre en cuanto a su Divinidad y, a la vez, de la misma substancia con nosotros en cuanto a su humanidad; semejante a nosotros en todo respecto, excepto en el pecado; en cuanto a su Divinidad, engendrado del Padre antes de todos los siglos; sin embargo, en cuanto a su humanidad, nacido, por nosotros los hombres y para nuestra salvación, de María la Virgen, Madre de Dios (Theotokos); uno y el mismo Cristo, Hijo Señor, Unigénito, reconocido en dos naturalezas, inconfundibles, inmutables, indivisibles, inseparables; sin ser anulada de ninguna manera la distinción de las naturalezas por la unión, más bien siendo conservadas y concurrentes las características de cada naturaleza para formar una sola persona y subsistencia, no divididas ni separadas en dos personas, sino uno y el mismo Hijo y Unigénito Dios el Verbo, el Señor Jesucristo; así como desde los tiempos más remotos, los profetas hablaron de él, y como nuestro Señor Jesucristo mismo nos enseñó. y como el credo de los santos padres nos ha transmitido.

Quicunque Vult
comúnmente llamado
El Credo de San Atanasio

Todo el que quiera salvarse, debe ante todo mantener la Fe Católica.
El que no guardare esa Fe integra y pura, sin duda perecerá eternamente.
Y la Fe Católica es ésta: que adoramos un solo Dios en Trinidad, y Trinidad en Unidad,
sin confundir las Personas, ni dividir la Substancia;
Porque es una la Persona del Padre otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo ;
Mas la Divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es toda una, igual la Gloria,
coeterna la Majestad.
Así como es el Padre, así el Hijo, así el Espíritu Santo.
Increado es el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo.
Incomprensible es el Padre, incomprensible el Hijo, incomprensible el Espíritu Santo.
Eterno es el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo.
Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno
Como también no son tres incomprensibles, ni tres increados, sino un
solo increado y un solo incomprensible.
Asimismo, omnipotente es el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo.
Y, sin embargo, no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente.
Asimismo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios.
Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios.
Así también, Señor es el Padre, Señor el Hijo, Señor el Espíritu Santo.
Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor;
Porque así como la verdad cristiana nos obliga a reconocer que cada una de las Personas
de por sí es Dios y Señor,
Así la Religión Católica nos prohibe decir que hay tres Dioses o tres Señores.
El Padre por nadie es hecho, ni creado, ni engendrado.
El Hijo es sólo del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado.
El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino
procedente.
Hay, pues, un Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres
Espíritus Santos.
Y en esta Trinidad nadie es primero ni postrero, nadie mayor ni menor;
Sino que todas las tres Personas son coeternas juntamente y coiguales.
De manera que en todo, como queda dicho, se ha de adorar la Unidad en Trinidad, y la
Trinidad en Unidad.
Por tanto, el que quiera salvarse debe pensar así de la Trinidad.
Además, es necesario para la salvación eterna que también crea correctamente en la
Encarnación de nuestro Señor Jesucristo.
Porque la Fe verdadera, que creemos y confesamos, es que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre;
Dios, de la Substancia del Padre, engendrado antes de todos los siglos; y Hombre, de la Substancia de su Madre, nacido en el mundo;
Perfecto Dios y perfecto Hombre, subsistente de alma racional y de carne humana;
Igual al Padre, según su Divinidad; inferior al Padre, según su Humanidad.
Quien, aunque sea Dios y Hombre, sin embargo, no es dos, sino un solo Cristo
Uno, no por conversión de la Divinidad en carne, sino por la asunción de la Humanidad en Dios;
Uno totalmente, no por confusión de Substancia, sino por unidad de Persona.
Pues como el alma racional y la carne es un solo hombre, así Dios y Hombre es un solo
Cristo;
El que padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos.
Subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, Dios todopoderoso, de donde ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
A cuya venida todos los hombres resucitarán con sus cuerpos y darán cuenta de sus
propias obras.
Y los que hubieren obrado bien irán a la vida eterna; y los que hubieren obrado mal, al
fuego eterno.
Esta es la Fe Católica , y quien no la crea fielmente no puede salvarse.

El Primer Libro de Oración Común (1549)

Nunca hubo cosa tan bien ideada por el ingenio del hombre, ni tan firmemente establecida, que con el transcurso del tiempo no se haya corrompido; como, entre otras cosas, se deja ver claramente por las oraciones de uso común en la Iglesia, usualmente llamadas el Oficio Divino. El original y primer fundamento es tal que, si alguien estudia
las escrituras de los padres primitivos, encontrará que el mismo no fue instituido sino con un noble propósito, y para promover en gran manera la piedad. De tal manera ordenaron ellos que toda la Biblia (o la mayor parte de ella) se leyera una vez al año, de modo que con esto el Clero, y especialmente los que eran Ministros de congregaciones, fueran (por la frecuente lectura y meditación en la Palabra de Dios) movidos a piedad, y mejor capacitados para exhortar a otros con una doctrina saludable, y para refutar a los adversarios de la verdad; y, además, para que el pueblo (escuchando diariamente la lectura de las Sagradas Escrituras en la Iglesia) se beneficiara continuamente más y más en el conocimiento de Dios, y fuera más encendido con el amor de su verdadera religión.

Empero, con el paso de los muchos años esta disposición piadosa y decorosa de los padres primitivos ha sido de tal manera alterada, quebrantada y olvidada, con la siembra de historias inciertas, Leyendas, Responsorios, Versículos, repeticiones vanas,

Conmemoraciones y Cánones Sinodales, que comúnmente cuando se comenzaba cualquier libro de la Biblia, antes de leer tres o cuatro capítulos, todos los demás quedaban sin leerse. Y así el libro de Isaías se comenzaba en Adviento, y el libro de Génesis en Septuagésima; pero sólo se comenzaban y nunca se leían completos. En la

misma forma fueron usados los demás libros de las Sagradas Escrituras. Además, aunque San Pablo hubiera querido que se hablara en un idioma que el pueblo en la Iglesia pudiera entender, y así al escucharlo sacar provecho del mismo, el Oficio en la Iglesia de Inglaterra (durante estos muchos años) ha sido leído en latín al pueblo, idioma que no entendía; de tal manera que ha escuchado solamente con los oídos; mas no han sido edificados sus corazones, espíritus y mentes. Además, no obstante que los padres primitivos dividieron los Salmos en siete porciones, llamando a cada una de ellas un nocturno, en tiempos recientes unos cuantos Salmos han sido leídos diariamente (y muchas veces repetidos),omitiendo por completo a los demás. También, el número y rigidez de las Reglas, llamadas “La Pica”, y los muchos cambios en el oficio, eran la causa de que el solo hojear el libro era tan difícil y complicado, que muchas veces daba más trabajo averiguar lo que había que leer, que leerlo al averiguarlo.

Habiendo considerado estas inconveniencias, aquí se establecerá un orden tal que todo esto será corregido. Y, para llevarlo a cabo, se establece también un Calendario con ese propósito claro y fácil de entender, en el cual (hasta donde sea posible) se establecen de tal modo las lecturas de las Sagradas Escrituras, que todas las cosas se hagan en orden, sin separar una parte de la otra. Por esto se han eliminado las Antífonas, Responsorios,Invitatorios y otras cosas parecidas, que interrumpían el curso continuo de la lectura de las Escrituras.

No obstante, ya que no hay remedio, y que por necesidad deben haber ciertas reglas, por tanto, establecemos aquí algunas reglas, las cuales, como son pocas en número, así son claras y fáciles de entender. Así que aquí tienen un orden de oración (en cuanto a la lectura de las Sagradas Escrituras), más de acuerdo con la mentalidad y el propósito de los padres primitivos, y mucho más provechoso y cómodo que el que hasta ahora ha sido utilizado. Es más provechoso porque aquí se han eliminado muchas cosas, algunas de las cuales son falsas, algunas inciertas, algunas vanas y supersticiosas; y se ha ordenado que no se lea nada que no sea la purísima Palabra de Dios, las Sagradas Escrituras, o aquello que evidentemente se base en la misma; y todo en un idioma y en un orden mas claro y fácil de entender, tanto para los lectores como para los oyentes. Es también más cómodo, tanto por su brevedad como por la sencillez del orden, y para que las reglas sean pocas y fáciles. Además, con este orden los curas no necesitarán otros libros para su oficio público más que este libro y la Biblia; y así el pueblo no tendrá que gastar tanto en libros como ha sido el caso en el pasado.

Aunque antes ha habido una gran diversidad en lo que se dice y canta en las iglesias dentro de este reino, algunas siguiendo el Uso de Salisbury, otras el de Hereford, Bangor, York o Lincoln, de ahora en adelante, el reino entero tendrá un solo Uso. Y si alguien juzgara que esta forma es más ardua porque todas las cosas deben leerse del libro, cuando antes, por causa de tanta repetición, podían decir muchas cosas de memoria, si éstos comparan su esfuerzo con la ganancia en conocimiento que diariamente obtendrán con la lectura del libro, no rechazarán la inconveniencia, considerando el gran beneficio que obtendrán de la misma.

En vista de que nada, o casi nada, puede establecerse con tanta claridad que no surjan dudas en su uso y practica, para aplacar toda diversidad (si ocurre alguna), y para la resolución de toda duda en relación a la manera de entender, hacer y ejecutar las cosas contenidas en este libro, las personas que así duden, o interpreten de otro modo cualquier cosa, recurrirán siempre al Obispo diocesano, quien, a su discreción, decidirá cómo calmar y aplacar dicha duda, siempre que su decisión no sea contraria al contenido de este libro.

Aunque quede establecido anteriormente en este prefacio que todas las cosas deben ser leídas y cantadas en la iglesia en el idioma inglés, con el fin de que así congregación sea edificada, no debe interpretarse, al leer los Oficios Matutino y Vespertino en privado, como prohibición de hacerlo en cualquier otro idioma que el mismo lector entienda.

Tampoco nadie tendrá la obligación de leer los Oficios, sino sólo los que ministren a las congregaciones de las catedrales e iglesias colegiales, las iglesias parroquiales y las capillas adjuntas a las mismas.

 

Artículos de la Religión

Conforme fueron establecidos por los Obispos, Clérigos y Laicos de la Iglesia Protestante Episcopal en los Estados Unidos de América, en Convención, el día doce de septiembre, del Ano de nuestro Señor 1801.

I.  De la fe en la Santísima Trinidad.

Hay un solo Dios vivo y verdadero, eterno, sin cuerpo, r)artes o pasiones, de infinito poder, sabiduría y bondad; el creador y conservador de todas las cosas, así visibles como invisibles. Y en la unidad de esta naturaleza divina hay tres Personas de una misma substancia, poder y eternidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

II.  Del Verbo o Hijo de Dios, que fue hecho verdadero hombre.

El Hijo, que es el Verbo del Padre, engendrado del Padre desde la eternidad, el verdadero y eterno Dios, consubstancial al Padre, tomó la naturaleza humana en el seno de la Bienaventurada Virgen , de su substancia; de modo que las dos naturalezas enteras y perfectas, esto es, divina y humana, se unieron en una Persona, para no ser jamás separadas, de lo que resultó un solo Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre; que verdaderamente padeció, fue crucificado, muerto y sepultado, para reconciliarnos con su Padre, y para ser sacrificio, no sólo por la culpa original, sino también por los pecados actuales de los hombres.

III. Del descenso de Cristo a los infiernos.

Así como Cristo murió por nosotros y fue sepultado, también debemos creer que
descendió a los infiernos.

IV. De la resurrección de Cristo.

Cristo resucitó verdaderamente de entre los muertos, y tomó de nuevo su cuerpo, con carne, huesos y todo lo que pertenece a la integridad de la naturaleza humana; con la cual subió al cielo, y allí está sentado, hasta que vuelva para juzgar a todos los hombres en el último día.

V.  Del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, es de una misma substancia, majestad y gloria, con el Padre y con el Hijo, verdadero y eterno Dios.

VI. De la suficiencia de las Sagradas Escrituras para la salvación.

Las Sagradas Escrituras contienen todas las cosas necesarias para la salvación; de modo que cualquier cosa que no se lee en ellas, ni con ellas se prueba, no debe exigirse de hombre alguno que la crea como artículo de fe, ni debe ser tenida por requisito necesario para la salvación. Por las Sagradas Escrituras entendemos aquellos libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento, de cuya autoridad nunca hubo duda alguna en la Iglesia.

De los nombres y número de los libros canónicos.

Génesis                    El Libro 1° de Samuel               El Libro de Ester
Exodo                      El Libro 2° de Samuel              El Libro de Job
Levítico                   El Libro 1° de los Reyes           Los Salmos
Números                 El Libro 2° de los Reyes          Los Proverbios
Deuteronomio       El Libro 1° de Crónicas            El Eclesiastés o Predicador
Josué                       El Libro 2° de Crónicas           Los Cantares de Salomón
Jueces                     El Libro 1° de Esdras               Los Cuatro Profetas Mayores
Rut                          El Libro 2° de Esdras               (con Lamentaciones)
(Nehemias)                                 Los Doce Profetas Menores

Los otros Libros (como dice San Jerónimo), los lee la Iglesia para ejemplo de vida e
instrucción de buenas costumbres, mas ella, no obstante, no los aplica para establecer
doctrina alguna; y tales son los siguientes:

El Libro 3° de Esdras                        El resto del Libro de Ester
El Libro 4° de Esdras                        El Libro de Sabiduría
El Libro de Tobit                               Jesús el Hijo de Sirac
El Libro de Judit                               Baruc el Profeta
El Cántico de los Tres Mancebos    La Oración de Manasés
La Historia de Susana                       El Libro 1° de los Macabeos
De Bel y el Dragón                             El Libro 2° de los Macabeos

Recibimos y contamos por canónicos todos los libros del Nuevo Testamento según son
recibidos comúnmente.

VII. Del Antiguo Testamento.

El Antiguo Testamento no es contrario al Nuevo, puesto que en ambos, Antiguo y Nuevo, se ofrece vida eterna al género humano por Cristo, que es el único Mediador entre Dios y el hombre, siendo él Dios y Hombre; por lo cual no deben escucharse a los que pretenden que los antiguos patriarcas solamente buscaban promesas transitorias. Aunque la Ley de Dios dada por Moisés, en cuanto a ceremonias y ritos, no obliga a los cristianos, ni deben necesariamente recibirse sus preceptos civiles en ningún Estado; no obstante, no hay cristiano alguno que esté exento de la obediencia a los mandamientos que se llaman morales.

VIII.  De los Credos.

El Credo Niceno y el comúnmente llamado de los Apóstoles deben recibirse y creerse enteramente, porque pueden probarse con los testimonios de las Sagradas Escrituras.

El articulo original, dado con beneplácito real en 1571 y reafirmado en 1662, se intituló
“De los tres Credos”; y comenzaba así “Los tres Credos, el Niceno, el de Atanasio y el
comúnmente llamado de los Apóstoles…”

IX.  Del pecado original.

El pecado original no consiste (como vanamente propalan los pelagianos) en la imitación de Adán, sino que es la falta y corrupción en la naturaleza de todo hombre que es engendrado naturalmente de la estirpe de Adán; por esto el hombre dista muchísimo de la rectitud original, y es por su misma naturaleza inclinado al mal, de manera que la carne codicia siempre contra el Espíritu y, por lo tanto, el pecado original en toda persona nacida en este mundo merece la ira y la condenación de Dios. Esta infección de la naturaleza permanece aun en los que son regenerados; por lo cual la concupiscencia de la carne, llamada en griego Frovnµa sapkós, (que unos interpretan como sabiduría, otros sensualidad, algunos afecto y otros el deseo de la carne), no está sujeta a la Ley de Dios; y aunque no hay condenación alguna para los que creen y son bautizados, aún así el apóstol confiesa que la concupiscencia y la lujuria tienen en si misma naturaleza de pecado.

X.  Del libre albedrío.

La condición del hombre después de la caída de Adán es tal que no puede convertirse ni prepararse con su propia fuerza natural y buenas obras a la fe e invocación de Dios. Por lo tanto, no tenemos poder para hacer buenas obras que sean gratas y aceptables a Dios, sin que la gracia de Dios por Cristo nos prevenga, para que tengamos buena voluntad, y obre en nosotros, cuando tenemos esa buena voluntad.

XI.  De la justificación del Hombre.

Somos reputados justos delante de Dios solamente por el mérito de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por la fe, y no por nuestras propias obras o merecimientos. Por ello, el que seamos justificados únicamente por la fe es Doctrina muy saludable y muy llena de consuelo. como más ampliamente se expresa en la Homilía de la justificación.

XII.  De las buenas obras.

Aunque las buenas obras, que son fruto de la fe y siguen a la justificación, no pueden expiar nuestros pecados, ni soportar la severidad del juicio divino, son, no obstante, agradables y aceptables a Dios en Cristo, y nacen necesariamente de una verdadera y viva fe; de manera que por ellas la fe viva puede conocerse tan evidentemente como se juzga al árbol por su fruto.

XIII.  De las obras antes de la justificación.

Las obras hechas antes de la gracia de Cristo y la inspiración de su Espíritu no son agradables a Dios, porque no nacen de la fe en Jesucristo, ni hacen a los hombres dignos de recibir la gracia, ni (según dicen algunos autores escolásticos) merecen la gracia de congruencia; antes bien, ya que no son hechas como Dios ha querido y mandado que se hagan, no dudamos que tengan naturaleza de pecado.

XIV.  De las obras de supererogación.

Obras voluntarias no comprendidas en los mandamientos divinos, llamadas obras de supererogación, no pueden enseñarse sin arrogancia e impiedad; porque por ellas los hombres declaran que no solamente rinden a Dios todo cuanto están obligados a hacer, sino que por su causa hacen más de lo que por deber riguroso les es requerido; pero Cristo claramente dice: “Cuando hayan hecho todas las cosas que se les han mandado, digan ‘Siervos inútiles somos’ ”.

XV.  De Cristo, el único sin pecado.

Cristo en la realidad de nuestra naturaleza fue hecho semejante a nosotros en todas las cosas excepto en el pecado, del cual fue enteramente exento, tanto en su carne como en su espíritu. Vino para ser el Cordero sin mancha que, por el sacrificio de sí mismo una vezhecho, quitase los pecados del mundo; y en él no hubo pecado (como dice San Juan). Pero nosotros los demás hombres, aunque bautizados y nacidos de nuevo en Cristo, aún ofendemos en muchas cosas; y, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. Y la verdad no está en nosotros.

XVI.  Del pecado después del bautismo.

No todo pecado mortal voluntariamente cometido después del bautismo es pecado contra el Espíritu Santo e irremisible. Por ello, no debe negarse la gracia del arrepentimiento a los caídos en pecado después del bautismo. Después de haber recibido el Espíritu Santo, podemos apartarnos de la gracia concedida y caer en pecado, y por la gracia de Dios levantarnos de nuevo y enmendar nuestras vidas. Por lo tanto, debe condenarse a los que dicen que ya no pueden volver a pecar mientras vivan, o que niegan el poder del perdón a los que verdaderamente se arrepienten

XVII.  De la predestinación y elección.

La predestinación a la vida es el eterno propósito de Dios, quien (antes que fuesen echados los cimientos del mundo), por su invariable consejo, a nosotros oculto, decretó librar de maldición y condenación a los que él ha elegido en Cristo de entre los hombres, y conducirles por Cristo a la salvación eterna, como a vasos hechos para honrar. Por lo tanto, los que son agraciados con tan excelente beneficio de Dios son llamados según su propósito por su Espíritu que obra a debido tiempo; por la gracia obedecen el llamado; son justificados libremente, son hechos hijos de Dios por adopción, son hechos a la imagen de su unigénito Hijo Jesucristo; viven religiosamente en buenas obras y finalmente, por la misericordia de Dios, llegan a la felicidad eterna.

Así como la consideración piadosa de la predestinación y de nuestra elección en Cristo está llena de un dulce, agradable e inefable consuelo para las personas piadosas, que sienten en sí mismas la operación del Espíritu de Cristo, mortificando las obras de la carne y sus miembros mortales, levantando su ánimo a las cosas elevadas y celestiales, no sólo porque establece y confirma grandemente su fe en la salvación eterna que han de gozar por medio de Cristo, sino porque enciende fervientemente su amor hacia Dios; así también para las personas indiscretas y carnales a quienes les falta el Espíritu de Cristo, el tener continuamente delante de sus ojos la sentencia de la predestinación divina es un precipicio muy peligroso, por el cual el diablo les impele a la desesperación o al abandono a una vida totalmente impura, no menos peligrosa que la desesperación.

Además, debemos recibir las promesas de Dios en la forma que nos son generalmente establecidas en las Sagradas Escrituras, y en nuestros hechos seguir la divina voluntad que nos ha sido expresamente declarada en la Palabra de Dios.

XVIII. De obtener la salvación eterna sólo por el Nombre de Cristo.

Deben, asimismo, ser anatematizados los que se atreven a decir que todo hombre será salvo por medio de la ley o la secta que profesa, con tal que sea diligente en conformar su vida con aquella ley y con la luz de la naturaleza; porque las Sagradas Escrituras nos manifiestan que solamente por el Nombre de Jesucristo es que han de salvarse los
hombres.

XIX.  De la Iglesia.

La Iglesia visible de Cristo es una congregación de homb res fieles, en donde se predica la pura Palabra de Dios, y se administran debidamente los sacramentos conforme a la institución de Cristo, en todas las cosas que por necesidad se requieren para los mismos.

Así como la Iglesia de Jerusalén, la de Alejandría y la de Antioquía han errado, así también ha errado la Iglesia de Roma, no sólo en cuanto a su vida y forma de ceremonias sino también en asuntos de fe.

XX.  De la autoridad de la Iglesia.

La Iglesia tiene poder para decretar ritos o ceremonias, y autoridad en las controversias de fe. Sin embargo, no es lícito que la Iglesia ordene cosa alguna contraria a la Palabra Divina escrita, ni puede exponer una parte de las Escrituras de modo que contradiga a otra. Por ello, aunque la Iglesia sea testigo y custodio de los Libros Sagrados, así como no debe decretar nada en contra de ellos, así tampoco debe obligar a creer cosa alguna que no se halle en ellos como requisito para la salvación.

XXI.  De la autoridad de los Concilios Generales.

[El artículo vigésimo primero de los artículos antiguos se omite, por tener en parte una naturaleza local y civil, y está previsto en sus demás partes en otros artículos.]

El texto original de 1571 y de 1662 de este articulo, omitido en la versión de 1801, dice:”No deben convocarse Concilios Generales sin mandamiento y voluntad de los príncipes.

Y al estar reunidos (ya que son una asamblea de hombres, en la que no todos son gobernados por el Espíritu y la Palabra de Dios), pueden errar y a veces han errado, aun en las cosas que son de Dios. Por lo tanto, aquellas cosas ordenadas por ellos como necesarias para la salvación no tienen fuerza ni autoridad, salvo que se pueda afirmar que son tomadas de las Sagradas Escrituras”.

XXII.  Del Purgatorio.

La doctrina romana concerniente al Purgatorio, indulgencias, veneración y adoración, así como a las imágenes y reliquias, y la invocación de los santos es una cosa fatua, vanamente inventada, que no se funda sobre ningún testimonio de las Escrituras, más bien repugna a la Palabra de Dios.

XXIII.  Del ministerio a la congregación.

No es lícito a hombre alguno tomar sobre sí el oficio de la predicación pública o de la administración de los sacramentos a la congregación, sin ser antes legítimamente llamado y enviado a ejecutarlo; y debemos considerar legalmente llamados y enviados a los que son escogidos y llamados a esta obra por los hombres que tienen autoridad pública, concedida en la congregación, para llamar y enviar ministros a la viña del Señor.

XXIV.  De hablar a la congregación en el idioma que entienda el pueblo.

El decir oraciones públicas en la Iglesia o administrar los sacramentos en un idioma que el pueblo no entiende es una cosa claramente repugnante a la Palabra de Dios y a la costumbre de la Iglesia primitiva.

XXV. De los sacramentos.

Los sacramentos instituidos por Cristo no solamente son señales o pruebas de la profesión de los cristianos, sino más bien son testimonios ciertos y signos eficaces de la gracia y la buena voluntad de Dios hacia nosotros, por los cuales él obra invisiblemente en nosotros, y no sólo aviva sino también fortalece y confirma nuestra fe en él.

Dos son los sacramentos ordenados por nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, a saber, el Bautismo y la Cena del Señor.

Aquellos cinco, comúnmente llamados sacramentos, es decir, la Confirmación, la Penitencia, las Ordenes el Matrimonio y la Extrema Unción , no deben contarse como sacramentos del Evangelio, habiendo emanado en parte de una imitación corrompida de los apóstoles, y en parte son estados de v ida permitidos en las Escrituras, pero no tienen igual naturaleza de sacramentos como la tienen el Bautismo y la Cena del Señor, porque carecen de algún signo visible o ceremonia ordenada por Dios.

Los sacramentos no fueron instituidos por Cristo para ser contemplados o llevados en procesión, sino para que hagamos debido uso de ellos; y sólo en aquéllos que los reciben dignamente producen un efecto u operación saludable, pero los que indignamente los reciben compran condenación para sí mismos, como dice San Pablo.

XXVI. De que la indignidad de los ministros no impide la eficacia de los sacramentos.

Aunque en la Iglesia visible los malvados están siempre mezclados con los buenos, y algunas veces los malvados tienen autoridad superior en el ministerio de la Palabra y de los sacramentos, no obstante, como no lo hacen en su propio nombre sino en el de Cristo, ministran por medio de su comisión y autoridad, y podemos aprovecharnos de su ministerio, oyendo la Palabra de Dios y recibiendo los sacramentos. El efecto de la institución de Cristo no es eliminada por su iniquidad, ni es disminuida la gracia de los

dones divinos con respecto a los que por fe reciben debidamente los sacramentos que se les ministran, los cuales son eficaces, debido a la institución y promesa de Cristo, aunque sean ministrados por hombres malvados.

Pertenece, sin embargo, a la disciplina de la Iglesia el que se averigüé sobre los ministros indignos, y que sean acusados por los que tengan conocimiento de sus ofensas; y que, finalmente, hallados culpables, sean depuestos por sentencia justa.

XXVII. Del Bautismo.

El Bautismo no es solamente un signo de profesión y una seña de distinción por la que se identifican a los cristianos de los no bautizados, sino también es un signo de regeneración o renacimiento, por el cual, como por instrumento, los que reciben debidamente el Bautismo son injertados en la Iglesia; las promesas de la remisión de los pecados y de nuestra adopción como hijos de Dios por medio del Espíritu Santo, son visiblemente señaladas y selladas; la fe es confirmada y la gracia aumentada, por virtud de la oración a Dios.

El bautismo de los niños, como algo totalmente de acuerdo con la institución de Cristo, debe conservarse de cualquier forma en la Iglesia.

XXVIII. De la Cena del Señor.

La Cena del Señor no es sólo un signo del mutuo amor que los cristianos deben tener entre sí, sino, más bien, es un sacramento de nuestra redención por la muerte de Cristo; de modo que para los que debida y dignamente, y con fe, lo reciben, el Pan que partimos es una participación del Cuerpo de Cristo y, del mismo modo, la Copa de bendición es una participación de la Sangre de Cristo.

La transubstanciación (o el cambio de la substancia del pan y del vino) en la Cena del Señor no puede probarse por las Sagradas Escrituras; más bien repugna a las sencillas palabras de las Escrituras, destruye la naturaleza de un sacramento y ha dado ocasión a muchas supersticiones.

El Cuerpo de Cristo se da, se toma y se come en la Cena de un modo celestial y espiritual únicamente, y el medio por el cual el Cuerpo de Cristo se recibe y se come en la Cena,es la Fe.

El sacramento de la Cena del Señor no se reservaba, ni se llevaba en procesión, ni se elevaba, ni se adoraba, por ordenanza de Cristo.

XXIX. De los impíos, que no comen el Cuerpo de Cristo al participar de la Cena del Señor.

Los impíos y los que no tienen fe viva, aunque mastiquen carnal y visiblemente con sus dientes (como dice San Agustín) el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, de ninguna manera son partícipes de Cristo; más bien, comen y beben para su condenación el signo o sacramento de una cosa tan grande.

XXX.  De las dos especies.

El cáliz del Señor no debe negarse a los laicos, puesto que ambas partes del sacramento del Señor, por ordenanza y mandato de Cristo, deben ministrarse por igual a todos los cristianos.

XXXI.  De la única oblación de Cristo consumada en la cruz.

La oblación de Cristo, una vez hecha, es la perfecta redención, propiciación y satisfacción por todos los pecados del mundo entero, tanto el original como los actuales, y ninguna otra satisfacción hay por el pecado sino ésta únicamente. Por tanto, los sacrificios de las Misas, en las que se decía comúnmente que el presbítero ofrecía a Cristo en remisión de pena o culpa por los vivos y los muertos, eran fábulas blasfemas y engaños peligrosos.

XXXIII.  Del matrimonio de los presbíteros.

Ningún precepto de la ley divina manda a los obispos, presbíteros y diáconos vivir en el estado del celibato o abstenerse del matrimonio; por tanto, es lícito que ellos, al igual que los demás cristianos, contraigan matrimonio a su propia discreción, si considerasen que así les conviene mejor para la piedad.

XXXIV.  De las personas excomulgadas y cómo deben evitarse.

La persona que, por denuncia pública de la Iglesia, es debidamente separada de la unidad de la misma y excomulgada debe considerarse por todos los fieles como pagano y publicano, hasta que, por medio de la penitencia, no fuera públicamente reconciliada y recibida en la Iglesia por un juez con autoridad competente.

XXXV.  De las tradiciones de la Iglesia.

No es necesario que las tradiciones y ceremonias sean en todo lugar las mismas o totalmente parecidas, porque en todos los tiempos han sido distintas y pueden cambiarse según la diversidad de los países, los tiempos y las costumbres, con tal que en ellas nada se ordene contrario a la Palabra de Dios. Cualquiera que, por su propio juicio, voluntaria e intencionalmente, quebrante abiertamente las tradiciones y ceremonias de la Iglesia, cuando éstas no repugnen a la Palabra de Dios y estén ordenadas y aprobadas por la autoridad común, debe ser públicamente reprendido (para que otros teman hacer lo mismo), como quien ofende contra el orden común de la Iglesia, perjudica la autoridad del magistrado y vulnera la conciencia de los hermanos débiles.

Toda Iglesia particular o nacional tiene la facultad para ordenar, cambiar y abolir las ceremonias o ritos eclesiásticos ordenados únicamente por la autoridad del hombre, con tal de que todo se haga para su edificación.

XXXVI.  De las homilías.

El segundo libro de las homilías, cuyos distintos títulos hemos reunido al final de este artículo, contiene una doctrina piadosa, saludable y necesaria para estos tiempos, al igual que el anterior libro de las homilías publicado en tiempo de Eduardo Sexto y, por tanto, juzgamos que deben ser leídas por los ministros diligente y claramente en las iglesias, para que el pueblo las pueda entender.

 De los nombres de las homilías.

1 Del debido uso de la iglesia.
2 Contra el peligro de la idolatría
3 De la reparación y limpieza de las Iglesias
4 De las buenas obras; del ayuno en primer lugar.
5 Contra la glotonería y embriaguez.
6 Contra el lujo excesivo de vestido
7 De la oración.
8 Del lugar y tiempo de la oración.
9 Que las oraciones comunes y los Sacramentos deben celebrarse y administrarse en idioma conocido.
10. De la Reverente estimación de la Palabra de Dios.
11. De dar limosna
12 Del nacimiento de Cristo.
13 De la pasión de Cristo.
14 De la resurrección de Cristo.
15 De recibir dignamente el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo.
16 De los dones del Espíritu Santo.
17 Para los Días de Rogativa.
18 Del estado del matrimonio.
19 Del arrepentimiento.
20 Contra la ociosidad.
21 Contra la rebelión.

[Este artículo es recibido en esta Iglesia, en cuanto a que declara que el libro de homilías es una explicación de la doctrina cristiana e instructivo en la piedad y la moral; mas toda referencia a la constitución y las leyes de Inglaterra es considerada inaplicable a las circunstancias de esta Iglesia, la cual también suspende el orden para la lectura de dichas homilías en las iglesias, hasta que se haga una revisión conveniente para librarlas tanto de las palabras y frases obsoletas como de las referencias locales.]

XXXVI.  De la consagración de los obispos y ministros.

El libro de la consagración de obispos y de la ordenación de presbíteros y diáconos, según estableció la Convención General de esta Iglesia en 1792, contiene todas las cosas necesarias para dicha consagración y ordenación, y no contiene cosa alguna que sea en sí supersticiosa o impía. Por tanto, decretamos que cualquiera que sea consagrado u ordenado según dicha forma está debida, ordenada y legalmente consagrado y ordenado.

El texto original de 1571 y de 1662 de este artículo dice: “El libro de la consagración de arzobispos y obispos y de la ordenación de presbíteros y diáconos, últimamente publicado en tiempo de Eduardo Sexto y confirmado al mismo tiempo por autoridad del Parlamento, contiene todas las cosas necesarias para dicha consagración y ordenación, y no contiene cosa alguna que sea en sí supersticiosa o impía. Por tanto, decretamos que cualquiera que sea consagrado u ordenado según los ritos de dicho libro, desde el segundo año del antedicho Rey Eduardo hasta el presente, o que se consagre o se ordene según dichos ritos, está debida, ordenada y legalmente consagrado y ordenado”

XXXVII.  Del poder de los magistrados civiles.

El poder del magistrado civil se extiende a todos los hombres, tanto clérigos como laicos, en todas las cosas temporales; mas no tiene autoridad alguna en las cosas puramente espirituales; y mantenemos que es deber de todos los hombres que profesan el Evangelio obedecer respetuosamente a la autoridad civil regular y legítimamente constituida.

El texto original de 1571 y de 1662 de este articulo dice:”La Majestad del Rey tiene el supremo poder en este Reino de Inglaterra y en sus demás Dominios, y le pertenece el supremo gobierno de todos los estados de este Reino, así eclesiásticos como civiles, y en todas las causas; y ni es, ni puede ser sometida a ninguna jurisdicción extranjera. Cuando atribuimos a la Majestad del Rey el supremo gobierno (títulos por los cuales, según entendemos, se ofenden las mentes de algunos calumniadores), no damos a nuestros príncipes la ministración de la Palabra de Dios ni de los sacramentos, cosa que atestiguan también con toda claridad las ordenanzas últimamente publicadas por nuestra Reina Isabel, sino aquella única prerrogativa que entendemos ha sido siempre concedida a los príncipes piadosos en las Sagradas Escrituras por Dios mismo, es decir, que deben gobernar en todos los estados y grados que sean entregados por Dios a su cargo, ya sean eclesiásticos o civiles, refrenando con la espada civil a los tercos y malhechores.

El obispo de Roma no tiene ninguna jurisdicción en este Reino de Inglaterra.

Las leyes del Reino pueden castigar a los hombres cristianos con la pena de muerte, por crímenes aborrecibles y graves.

Es lícito a los hombres cristianos, por orden del magistrado, tomar las armas y servir en las guerras.

XXXVIII.  De los bienes de los cristianos, que no son comunes.

Las riquezas y los bienes de los cristianos no son comunes en cuanto al derecho, título y posesión, como falsamente se jactan ciertos Anabaptistas. No obstante, todos deben dar liberalmente de lo que poseen a los pobres, según sus posibilidades.

XXXIX.  Del juramento del cristiano.

Así como confesamos que a los cristianos les está prohibido por nuestro Señor Jesucristo y su apóstol Santiago el juramento vano y temerario, también juzgamos que la religión cristiana de ningún modo prohibe que juren cuando lo exige el magistrado en causa de fe y caridad, con tal que se haga según la doctrina del profeta, en justicia, en juicio y en verdad.

 

Cuadrilátero Chicago-Lambeth 1886,1888
Adoptado por la Cámara de Obispos
Chicago, 1886

Nosotros, Obispos de la Iglesia Protestante Episcopal en los Estados Unidos de América, reunidos en Concilio, como Obispos en la Iglesia de Dios, por este medio declaramos solemnemente a todos los que concierna, y especialmente a nuestros hermanos cristianos de las distintas Comuniones en esta nación, quienes, en sus diversas esferas, han luchado por la religión de Cristo:

1. Nuestro ferviente deseo de que la oración del Salvador: “Que todos seamos uno”, en
su sentido más profundo y verdadero, se cumpla apresuradamente;

2. Que creemos que todos los que han sido debidamente bautizados con agua, en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, son miembros de la Santa Iglesia Católica ;

3. Que en todas las cosas de orden o elección humana, en relación a las formas de culto y disciplina, o a las costumbres tradicionales, esta Iglesia está dispuesta a renunciar, con espíritu de amor y humildad, a todas sus propias preferencias;

4. Que esta Iglesia no busca absorber a otras Comuniones sino, cooperando con ellas sobre la base de una Fe y Orden común, desaprobar todo cisma, sanar las heridas del

Cuerpo de Cristo y promover la caridad, que es la mayor de las gracias cristianas y la manifestación visible de Cristo al mundo:

Pero además, por este medio afirmamos que la unidad cristiana…puede restaurarse únicamente con el regreso de todas las comuniones cristianas a los principios de unidad ejemplificados por la Iglesia Católica indivisa durante las primeras épocas de su existencia; principios que creemos constituyen el depósito substancial de Fe y Orden cristiano confiado por Cristo y sus apóstoles a la Iglesia hasta el fin del mundo y, por lo tanto, no admite compromiso ni capitulación por aquéllos que han sido ordenados para ser mayordomos y depositarios a beneficio común e igual de todos los hombres.

Como partes inherentes de este sagrado depósito y, por consiguiente, esenciales para la restauración de la unidad entre las ramas divididas de la cristiandad, reconocemos las siguientes:

1 Las Sagradas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento, como la Palabra revelada de Dios.
2. El Credo Niceno, como la declaración suficiente de la Fe cristiana.
3. Los dos sacramentos -el Bautismo y la Cena del Señor – administrados con el uso
indefectible de las palabras de institución de Cristo y los elementos ordenados por él.
4. El Episcopado Histórico, adaptado localmente en los métodos de su administración a
las diversas necesidades de las naciones y pueblos llamados por Dios a la unidad de su Iglesia.

Además, profundamente apesadumbrados por las tristes divisiones que afectan la Iglesia cristiana en nuestra propia nación, por este medio declaramos nuestro deseo y disposición, tan pronto haya alguna respuesta autorizada a esta Declaración, de entrar en diálogo fraternal con todos o cualesquiera de los Cuerpos cristianos que buscan la

restauración de la unidad orgánica de la Iglesia, con el propósito de estudiar diligentemente las condiciones por las cuales se pueda llevar a cabo tan inestimable bendición para alegría de todos.

Nota: Aunque el Cuadrilátero en la forma antes citada fue adoptado por la Cámara de

obispos, no fue promulgado por la Cámara de Diputados, sino fue incorporado en un plan general, referido para su estudio y acción a la recién creada Comisión Conjunta sobre la Unidad Cristiana.

 

Conferencia de Lambeth de 1888

Resolución II

Que, en la opinión de esta Conferencia, los siguientes Artículos proporcionan una base
sobre la cual acercarse, con la bendición de Dios, a la Unidad Cristiana :
(a) Las Sagradas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento, que “contienen todas las
cosas necesarias para la salvación”, como la regla y última norma de Fe.
(b) El Credo de los Apóstoles, como símbolo Bautismal, y el Credo Niceno, como declaración suficiente de la Fe cristiana.
(c) Los dos sacramentos ordenados por Cristo mismo -el Bautismo y la Cena del Señor – administrados con el uso indefectible de las palabras de institución de Cristo y los elementos ordenados por él.
(d) El Episcopado Histórico, adaptado localmente en los métodos de su administración a las diversas necesidades de las naciones y pueblos llamados por Dios a la unidad de su Iglesia.

 

LIBRO DE ORACIÓN COMÚN

  Este libro es el alma y espíritu anglicano. Es la obra que aglutina y da unidad a toda la confesión anglicana pues, aunque el libro no sea uniforme mundialmente, las diferencias de unos libros a otros son minúsculas, y lo esencial se encuentra en todos ellos.

El Libro de Oración Común se consideró una obra necesaria para abreviar la proliferación que, de libros litúrgicos, se daba en el siglo XVI. Por orden del rey Eduardo VI se debía crear uno que se pudiera usar en todo el reino inglés y que diera unidad a la práctica litúrgica. Se formó la Comisión Windsor , integrada por Tomás Cranmer, seis obispos y seis teólogos, teniendo presente que entre ellos los hubiera de la antigua y de la nueva tendencia teológica. Se sabe que la mayor parte del libro fue creación y redacción de Cranmer, pero todos participaron en la discusión crítica de la nueva obra. Cranmer, deseando seguir en el espíritu católico de la Iglesia, recogió material de las liturgias gálicas y orientales, así como del uso medieval romano. Además lo fundamentó en la Biblia, en la doctrina de los Padres de la Iglesia, pero también incluyó ideas nuevas, algunas provenientes de Alemania, y sobre todo, una de las obras más influyentes fue el breviario propuesto por el cardenal español Francisco Quiñones y la liturgia mozárabe, como veremos en breve. Todas estas fuentes crearon el manantial de agua viva que fue el primer Libro de Oración Común aprobado el 14 de marzo de l549.

La obra apareció con este título: El Libro de Oración Común y administración de los sacramentos y otros ritos y ceremonias de la Iglesia, para el uso de la Iglesia Anglicana. El título manifestaba a las claras que los autores deseaban mantenerse dentro de las directrices católicas de adoración. Más que una innovación se trataba de una reforma. Estos fueron los logros obtenidos: el nuevo libro eliminaba prácticas y devociones ya caídas en desuso, consolidaba varios libros en uno, los servicios litúrgicos se realizaban en la lengua del pueblo y se le pedía más participación litúrgica, estaba fundamentado en la Sagrada Escritura , y de acuerdo con la práctica primitiva de la Iglesia.

Como los tiempos cambian, y con ellos las circunstancias, nuevas ediciones han surgido, adaptadas a la época y motivadas siempre por el deseo de producir lo más apropiado para la oración. Se pueden recordar las siguientes fechas: 1549, 1552,1559, 1662, 1785, 1789, 1892,1928, correspondientes a los libros publicados, los cuatro primeros en Inglaterra, los últimos en Estados Unidos.

El actualmente en uso, y publicado en l979, es el más innovador, el más enriquecido y el mejor de todos. Es también el más ecuménico. El movimiento litúrgico del siglo diecinueve, que afectó profundamente a nuestro libro, nos acercó litúrgicamente, no sólo a la Iglesia Católica Romana , sino también a otras confesiones cristianas. Se escribió con el fin de lograr una adaptación litúrgica y teológica a los tiempos modernos, más flexibilidad en las rúbricas litúrgicas, y un uso más amplio de lecturas bíblicas.

De sumo interés para nuestro caso es el hecho de que el Libro de Oración Común tiene profundas raíces en la liturgia “que a veces se llama mozárabe y a veces toledana, y visigótica, o bien isidoriana, y que sin duda tiene orígenes antiquísimos, aunque no sea precisamente la misma que trajeron los primeros evangelizadores -a España -, sino más bien una derivación de aquélla y fruto de paulatina evolución, que recibió su forma típica de mano de los padres visigodos”. Esta liturgia difiere bastante de la romana, tiene afinidades con la antigua galicana y presenta también reminiscencias orientales. Distínguese por la abundancia de su estilo, en contraposición a la romana, tan concisa. Sus oraciones tienden a lo ampuloso, complaciéndose en cierto realismo minucioso, en las antítesis, en cierto conceptismo barroco; pero es siempre notable por la brillantez, el vigor y afecto cálido de la expresión, así como por la riqueza de fórmulas de profundo sentido teológico.

Tomás Cranmer andaba enamorado de esa liturgia e incorporó grandes porciones de ella en el Libro de Oración Común. En el libro actual, podemos contar las siguientes: “colecta por la renovación de la vida”, página 62; “orden de adoración para el anochecer: liturgia de la luz” páginas 73-79; también influyó en la última parte de la plegaria eucarística C, páginas 292-295; en las oraciones de los fieles toda la fórmula V , páginas 312-313; las oraciones del rito matrimonial, páginas 351-52; oraciones para el rito del entierro, páginas 398-99; la letanía para las ordenaciones, páginas 450-53; una oración antes de comulgar, “¡Hazte presente!”, página 725.

La liturgia mozárabe, como es más comúnmente conocida, es una de las más estudiadas por los expertos, y se admite que de ella proviene la costumbre de tener tres lecturas en el servicio dominical, así como el leer los Hechos de los Apóstoles en la época pascual, y el Apocalipsis en uno de los tres ciclos del Leccionario. Todo esto y más, ha influido el Libro de Oración Común.

Para mayores detalles sobre este tema aconsejamos la lectura del excelente artículo de H. Boone Porter: Hispanic Roots of Episcopal Worship